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Los más de 73 mil fallecimientos, el reporte diario y la crueldad con que la enfermedad golpea a las familias instaló una inédita vecindad con la muerte. El desafío de explicarle a los más chicos. La culpa de los que creen haber contagiado. Y el dolor de no poder despedirse.

(Foto: Emiliano Lasalvia / AFP)

23 de mayo de 2021

Antes de comenzar cada clase, Andrés les preguntaba a sus alumnos y alumnas de séptimo grado en una escuela de la Villa 31: cómo están. Por lo general, la respuesta es escueta y vacía: “Bien”. Pero, hace unos días, hubo una distinta. “Más o menos”, dijo Tatiana. Y explicó: que uno de sus tíos había fallecido, que otro estaba intubado, que su abuela estaba en coma y su papá había sido internado y estaba recibiendo oxígeno. Así contó en el aula cómo el coronavirus estaba golpeando a su familia. Como un eco de su mensaje, otros y otras empezaron a contar los casos a su alrededor.

Las más de 73 mil muertes dejan de ser número cuando se alzan voces como la de Tatiana. Emergen en todas partes, todo el tiempo. Las redes sociales están plagadas de mensajes de despedida, en tiempos en que los adioses presenciales son acotados. Los trabajadores de la salud, primero, y después los de la educación, cuentan con nombre y apellido a las y los que faltan, a esas ahora quinientas personas por día que la pandemia se está llevando a un ritmo tan vertiginoso que parece estar naturalizándose. O negándose.

“No sé qué pasa. La gente no está entendiendo o no estamos haciendo llegar el mensaje correcto como colectivo docente a las familias”, dice Andrés, el maestro de Tatiana. “El sistema no ayuda, los gobiernos no ayudan. El Gobierno de la Ciudad no visibiliza la cantidad de contagios. No visibiliza los niños internados en el Garrahan. Y todo esto se vuelve agotador”, se lamenta, y cuenta que en su escuela la contención de chicos y chicas se vio interrumpida por los aislamientos. La semana pasada, una burbuja entera y tres maestras curriculares guardadas.

“La muerte es un tema que afecta a todos los seres humanos. Luego, está cómo nos afecta en distintos momentos de la vida. No toca del mismo modo a una persona mayor que a un joven o a un niño. Porque depende de la representación que nos hacemos: nadie sabe a ciencia cierta qué es la muerte. Y luego está cómo lo maneja cada cultura, cada familia”, dice Alba Flesler, psicoanalista especializada en niñez. “Lo primero que aconsejo es que lo que vayan a decir coincida con las creencias familiares para que tenga autenticidad. Plantear que un familiar se va al cielo no es lo mismo que pensar que la muerte implica la conclusión de un ciclo natural”.

Respecto de qué decirles –y qué no- a niñas y niños pequeños, plantea que “la clave es que haya tanto palabras como velos. Todos los ritos funerarios de todas las culturas tienen momentos en que uno se relaciona con esa desaparición, ausencia, muerte, despedida, y momentos en que uno tiene que alejarse de eso”. Y agrega: “Con los niños, que tienen más dificultad para representarse lo que a todos nos cuesta, es muy importante que haya momentos donde se hable y otros de distracción. No le aconsejaría a nadie que esté prendido al Covid todo el tiempo”.

La carga del contagio

A diferencia de Tatiana, que habló sobre las pérdidas de su familia en la escuela, Thiago dijo poco sobre lo que pasó en su casa. A veces, en su sesión de terapia. Otras, hablando con su mamá. Tiene siete años. Le contaron que su abuela se fue al cielo para estar junto a su abuelo. Lo primero que preguntó el nene fue si él la había contagiado. Porque tuvo coronavirus antes y compartían el departamento en Villa Crespo, aunque trataban de mantener aislados los dos ambientes.

“Mi hijo ya tiene esa carga. Por más que yo le explique que se puede haber contagiado en otro lado, es su carga”, se lamenta Florencia, la mamá de Thiago. La abuela vivía en Paso del Rey, pero pasaba mucho tiempo en Villa Crespo cuando tenía turnos médicos y controles por ser trasplantada renal. Cuando comenzó la presencialidad escolar en la Ciudad, Florencia completó el formulario para que Thiago fuera exceptuado por estar junto a una persona de riesgo. Y cuando la abuela dejó el departamento, su nieto comenzó a asistir al aula. “Después mi mamá volvió, lo charlamos, le dije que Thiago estaba yendo al cole, ella dijo que se cuidaba, que venía igual”, cuenta Florencia.

“La semana que Thiago empezó a presentar síntomas, mi mamá estaba acá. Me desesperé. Empecé a llamar a todos lados. Nadie me dio una respuesta. El lema es cuidar a los mayores y por los que menos se están preocupando es por los mayores y de riesgo”, cuestiona la mujer. Pidió que la aislaran junto a su hijo en uno de los hoteles de los que dispone el gobierno porteño, para evitar el contacto con su mamá hasta que se cumplieran los siete días de espera para hisoparla. No lo consiguió.

“El día que me dieron el alta, mi mamá empieza con dolor de cabeza. Tenía tos pero su respiración estaba bien. Nos fuimos a dormir. De la nada, a las cinco de la mañana la escucho que se estaba ahogando, que no podía respirar. Tenía fiebre. Llamé a la ambulancia y la llevaron al Durand. No había lugar. Y esto fue a principios de abril: estaba colapsado antes de que se dijera. Cuando entró, me dijeron que no tenía muchas chances. Pasaron ocho días en los que todo empeoró. Valoro mucho que, como estaba tan grave, nos dejaron pasar a despedirla. Pasé con mi hermana. Cinco minutos. Fue lo único positivo en todo esto. Es una enfermedad tan solitaria y tan de golpe. De la noche a la mañana, fue como una bomba a los pulmones”.

Despedir sin abrazar

La falta de abrazos y ceremonias de despedida volvieron más difíciles todos los escenarios. “Si se muere alguien y no es por Covid, te dejan velarlo dos horas. Si es por Covid, no. Te dejan en la puerta del crematorio o del hospital, tres minutos en la ambulancia. No podés ni ver el cajón. Es durísimo no poder despedir a un ser querido”, dice Carlos Del Río. Un lunes perdió a su esposa, Mariana, de 50 años. El lunes siguiente murió su mamá, María Teresa, de 85. “Fue todo tan rápido, en 15 días todo. Es algo que no se puede explicar. En 15 días se rompe toda una familia”, repite.

Cuando recibió esas noticias sobre su mamá y su abuela, Sofía, la hija adolescente de Carlos, quiso romper todo. Pateaba los muebles con la fuerza de sus 17 años. Su familia había tomado todos los recaudos, pero el virus llegó igual a su casa de San Miguel. A los pocos días, cuando cumplió años, Sofía recibió como regalos fotos que cada uno en la familia tenía con su mamá. El festejo ofició como homenaje de despedida.

“No despedir es muy difícil. Hay que reconstruir algo de la historia de esa persona. Con fotos, cartas, frases. Hay que hacer una despedida simbólica. No puede alguien desaparecer de un momento para otro. Si no se pudo ir físicamente, hay que generar un espacio vincular con otros para recordar anécdotas, historias o algo compartido. Tanto para los niños como para los adultos”, sugiere la psicóloga y psicopedagoga Alejandra Libenson.

“El año pasado falleció el abuelo de mis hijos por Covid y se hizo un Zoom con toda la familia y amigos para recordarlo, contar qué clase de persona era. Algunos hablaban como nietos, otros como amigos. Eso fue aliviador en algún punto. A los que sufrieron la pérdida les permite cierta cercanía emocional”, describe. Y resalta que “de alguna manera se tiene que marcar como un mojón, no puede pasar de largo. El duelo es un proceso de aceptación, para poder transformar el dolor en un proceso amoroso de recuerdo”.Duplicación

El 21 de abril, la Argentina había alcanzado las 60 mil muertes por Covid. Un mes después, la cuenta supera los 73 mil. En las últimas cuatro semanas, el promedio de muertes diarias se duplicó con creces: el miércoles 21 de abril eran 220 en el promedio de los últimos siete días. El miércoles pasado se llegó a un promedio diario de 494. Un aumento del 124 por ciento. 

“Los chicos sienten la convivencia con el virus”

Hay más muertes alrededor. Es un hecho y se percibe, también, en el ámbito escolar. Presencial o virtual. Citando al psicoanalista Jorge Fukelman, la psicóloga especializada en educación Bárbara Frohmann  plantea que “una de las cuestiones que hacemos tanto en la clínica como en las escuelas es poner a jugar la muerte de alguna manera. Es el modo y el espacio para tramitar esto”. Y ejemplifica: dibujar los miedos, mandar cartas a los que no vemos porque están aislados, pensar qué nos gustaba hacer con quienes ya no están y qué cosas les gustaría que los demás compañeros conozcan de ellos “Se aborda también desde la ESI, desde el eje de la valoración de la afectividad, en tanto poder ubicar los afectos y las emociones que pone en juego la pandemia: el extrañar, el temor”.

El primer año debimos acompañar procesos profundamente complejos. Varias muertes de madres y padres atravesaron el colectivo de estudiantes. El tiempo cercano a la muerte, previo o posterior, condiciona muchísimo el futuro de esa niña o ese niño, de esa madre, padre y grupo familiar. Por eso la urgencia en el acompañamiento y el andamiaje”, remarca Paula Diaz, vicedirectora de la Escuela 21 DE 19, en el sur de la Ciudad. Ese acompañamiento incluyó tanto el sostén simbólico como el material: “La realización de trámites, la organización de documentación, la búsqueda de turnos médicos y hasta la ayuda con dinero para el pago de sepelios, la compra del cajón”.

Florencia Palombo, docente del mismo distrito, cuenta que en la última jornada del “Espacio de Memoria Institucional”, que se suele hacer en el nivel primario,  comentaban qué estaban observando en los chicos: “Al principio, en febrero, estaban contentos de volver a compartir más allá de las condiciones –porque no pueden estar cerca, ni llevar juguetes, ni correr en los recreos-. Sin embargo, las pérdidas familiares y la intermitencia de las clases por los aislamientos hicieron que los chicos sientan en carne propia la convivencia con el virus. Se les hace más evidente y genera más angustia y temor”.

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